La idea de
lograr un desarrollo humano en armonía con la naturaleza, comenzó en los años
70; desde allí se inició un camino, teniendo como eje el desarrollo sostenible,
del cual se formalizó su concepto en la década de los años 90, a través de la
cumbre de la tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, allí se definió el
desarrollo sostenible como “la satisfacción de las necesidades de la generación
presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para
satisfacer sus propias necesidades”, esta definición permitió
entender su importancia sobre todo por su componente intergeneracional y pos
generacional para comprender el impacto de nuestras acciones en las
generaciones futuras. Años más tarde, en la primera década del siglo XXI surgieron
los objetivos del milenio con meta de cumplimiento al año 2015, estos objetivos
dejaron muchas lecciones aprendidas ya que el mundo cumplió sólo el primer
objetivo, reducir la tasa de pobreza extrema a la mitad; por lo que en la mitad
de la segunda década del siglo surgen los objetivos de desarrollo sostenible ODS al año 2030
con un mayor alcance, más integrales y que dan mayor fuerza a la
sostenibilidad, la equidad, la universalidad y el compromiso. Teniendo una
mirada retrospectiva sobre los hechos históricos que han conformado las
"políticas" "normativas" que hoy llamamos ODS, es posible
observar su evolución, sin embargo, han pasado 4 décadas desde la primera vez
que comenzamos a hablar de desarrollo sostenible, y estando hoy a tan solo diez
años de cumplir la meta propuesta vemos que en realidad todos los objetivos
planteados en vez de tener avances significativos siguen siendo más un sueño
por alcanzar que una posible realidad de poder vivir todos en armonía junto con
todo lo que nos rodea.
En el primer semestre del año
2020, la vida “normal” que llevaban las personas fue permeada por una situación
particular, desencadenada por un virus que se convirtió en pandemia, el cual
forzó la creación de un nuevo escenario que puede ser visto como un agente
acelerador de grandes cambios y que ha obligado a la humanidad a dar un salto,
llevando a otro nivel la manera de producir, comunicarse y vivir. Este salto es
apalancado por la cuarta revolución industrial, ya que esta está permitiendo y
permitirá a la humanidad seguir creciendo y desarrollándose. Sin embargo, es
importante ser conscientes de los retos que trae consigo esta revolución, para
garantizar equidad, justicia e igualdad mediante nuevos modelos de vida y
economía, que deben ir de la mano de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para
seguir persiguiendo ese sueño de un mundo más humano y sostenible.
Las anteriores revoluciones industriales, le han permitido al
ser humano, mejorar su calidad de vida, teniendo estilos de vida novedosos que
no siempre han tenido el cuidado del medio ambiente como eje principal. Sin
tener en cuenta esas experiencias pasadas, estamos viviendo la cuarta
revolución industrial bajo las mismas condiciones, sin medir las consecuencias
y desconociendo el poder que cada persona tiene en sus manos para ser agentes
de cambio teniendo como base el compromiso y la responsabilidad que conlleve a
un desarrollo sostenible para todos y teniendo como premisa los valores
humanos, sociales y ecológicos que son transversales a los grandes cambios de
la humanidad.
Partiendo de estos valores es que debemos comenzar a caminar
hacia una nueva revolución, hacia nuevo modelo que permita desarrollar nuestro
espíritu humano, que instaure una nueva forma de relacionarnos, donde la
persona sea el centro, un nuevo modelo complementario a la naturaleza, a la
sociedad y a lo que somos y que no esté por encima de lo que somos, donde todos
juntos compartamos la lucha por la desigualdad, reconociendo la cultura y la biodiversidad como el más
grande patrimonio que todos debemos cuidar.
No es casual que en el año 2015, año en que se lanzaron los
objetivos de desarrollo sostenible, se haya también lanzado la Encíclica del
Papa Francisco “LaudatoSi’”, la cual trasciende de forma especial lo definido
en los ODS y nos lleva a sentir una voz de esperanza, convirtiéndose está en la
levadura para hacer crecer el cambio centrado en el bien común, el buen vivir
para todos, retomando el cuidado como parte esencial del ser humano, dando las
bases para comenzar un camino de transformación real, para construir entre
todos como familia humana un mundo más sostenible e integral, tomando como ejes
fundamentales del cambio la relación que el mundo actual tiene con los pobres y
la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está
conectado, las formas de poder y control que derivan de la tecnología, buscar
otros modelos de economía y progreso, sentido humano de la ecología, la
responsabilidad de la política internacional y nacional, la cultura del
descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.
Es claro que en este camino de
transformación que se ha emprendido no tenemos todas las respuestas, ni únicas
soluciones, debemos comenzar a vivir esas respuestas, y para eso es fundamental
salir del individualismo al que nos lleva el mundo actual y comenzar a vernos
como familia, el poder vernos así nos va a permitir estar juntos para enfrentar
los desafíos que se vienen a nivel social, económico y ambiental. Muchos
estamos en medio de una tempestad, y cuando escampe se acrecentarán muchos
problemas como la pobreza y la desigualdad y es acá donde el estar unidos,
fomentando el diálogo social, reconociendo que el todo es más que las partes y
el tener gestos de sobriedad y solidaridad nos permitirán reconstruirnos de una
mejor manera. Será un proceso difícil, pero es una excelente oportunidad
para construir sobre nuevas bases nuestro mundo, con creatividad, coraje,
valentía, haciendo sacrificios y siendo muy laboriosos, participando todos
activamente de la tarea común que debemos emprender.
Es por esto que debemos hacer un
esfuerzo grande y despojarnos del hombre viejo y convertirnos en hombres nuevos
comprometidos con acciones concretas poniéndonos al servicio de un mundo nuevo,
siguiendo la ruta del sueño y la esperanza, teniendo la certeza de que todo
está conectado, certeza que nos da la convicción de que cualquier acto que
hagamos para el bien y el cuidado de la casa común no queda en vano, que aporta
a la solución y que nos acerca más a lograr el sueño de tener un desarrollo sostenible,
una ecología integral, la cual no puede convertirse en una moda, ni debe ser
superficial y aparente, no puede quedar en un mero concepto o una simple
ideología, al contrario, debe ser asumida con el único de interés convertirse
en un camino que nos permita transformarnos como sociedad.
Estamos ante un reto y un desafío enorme y es una bendición poder ser y sentirnos parte de la solución para transformar el planeta, nuestra casa común, el sueño de un mundo mejor es el que nos moviliza, y esto debe llevarnos a una conversión, una metanoia, llevar nuestra mente y nuestro corazón mucho más allá centrándonos en lo fundamental, en lo esencial. La invitación es entonces a que este momento histórico que estamos viviendo no pase en vano y se convierta en una oportunidad para ser recordado como ese salto a un nuevo mundo donde la tecnología, nuestra creatividad, nuestros nuevos desarrollos se conjuguen con todo nuestro mundo y con todo lo que somos como seres humanos de una manera completa y nos lleven no solo a una nueva revolución industrial sino a una verdadera revolución integral, la revolución del amor, que es el fuego que nos debe encender a todos, y que debemos seguir esparciendo con actos concretos que nos permitan reflejar una verdadera experiencia humana y fraterna.
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